Un cuidador por cada 17 cuidadoras | Sociedad



Hace mucho que dejó de ser mayoritario el panorama en el que la mujer, ama de casa, se queda con los niños y espera al marido con las pantuflas y la cena preparadas. Pero los cuidados siguen siendo cosa de mujeres de forma abrumadora en Europa. Más de 7,7 millones de europeas en edad de trabajar (de 20 a 64 años) no lo hacen para cuidar de familiares —menores, enfermos o mayores— frente a apenas medio millón de hombres. Así lo reflejan datos cruzados de Eurostat. Es decir, en Europa hay un hombre dedicado a cuidar a los suyos por cada 17 mujeres. Ellas siguen aparcando su progresión profesional con mucha más asiduidad. .

Una de ellas es María García, de 45 años, que renunció dos veces. Primero dejó su empleo en una empresa de medio ambiente industrial para llevar desde casa un negocio de juguetes ecológicos y poder cuidar de sus dos hijos. Y entonces, al pequeño le diagnosticaron una leucemia: “Acababa de empezar. La misma noche del diagnóstico me dijeron: ‘Su hijo se puede morir’. Mi cabeza no estaba en el marketing”. Como ella era autónoma, su marido, Miguel, cogió la reducción de jornada por tener un hijo con cáncer. Ambos pasaron un año al pie de la cama de un hospital, él con remuneración y ella sin nada: “Cuando todo se calmó, Miguel se puso a trabajar y yo cogí parte de esa baja. Seguía pagando la cuota de autónomos”. Ahora que el pequeño ha vuelto al cole, la madrileña ha retomado su proyecto, aunque aceptaría encantada un trabajo con horario flexible que le permitiera pasar todo el tiempo posible con sus hijos y le garantizara más ingresos. Duda de poder encontrarlo. Y sabe que todo esto le pasará factura, con lo que gana ahora y con la pensión que le va a quedar.

La brecha salarial en Europa es del 16% y la de las pensiones supera el 30%. El Fondo Monetario Internacional considera que no se va a poder alcanzar la igualdad hasta que pase casi un siglo: en el año 2117.

La evolución, efectivamente, es lenta. El porcentaje anual de europeas que abandonaron su empleo para cuidar de la familia apenas se ha movido del 5% del total en casi en una década, desde que Europa estaba sumida en plena crisis en 2009. Y el de hombres tampoco ha oscilado demasiado. La situación en España ha mejorado un poco más en el porcentaje total —del 4,8 al 3,9% de las mujeres, según los datos de Eurostat—. Pero el desfase entre ellos y ellas es aún mayor aquí: casi 20 veces más. Son 554.000 españolas que no trabajan fuera de casa para cuidar frente a 28.000 españoles.

La Comisión Europea lleva año recomendando claves, como el trabajo flexible para favorecer los cuidados que facilitaría la carrera a mujeres como María García. Recomienda permisos iguales de maternidad y paternidad —que España alcanzará en 2021 y que están lejos de ser homogéneos en Europa— y la mejora de la red de escuelas infantiles. “En muchos Estados miembros hay gran falta de guarderías. Es posible destinar fondos europeos y financiación para estos centros. Lo más importante para las mujeres cuando tienen hijos y quieren trabajar es que se queden tranquilas sobre dónde están sus hijos”, valora la directora general de Justicia y Consumo de la Comisión Europea, Tiina Astola, durante las jornadas ¿Europa por la igualdad de género?, organizadas en Helsinki por el Instituto Europeo de Igualdad de Género (EIGE, en sus siglas en inglés), a las que fue invitado EL PAÍS. Astola ve necesarios plazos y planos de acción: “Es importante”.

Pero hay un paso previo. “Hace falta un cambio de mentalidad”, subraya Ángeles Guisado, otra madre española que dejó de lado su trabajo para cuidar y que ahora reivindica un cambio desde la asociación #MamiConcilia. Guisado, de 37 años, es abogada pero dejó el despacho en el que trabajaba al tener al primero de sus dos hijos: “Decidí irme porque cuando comuniqué el embarazo no recibieron la noticia con algarabía”. Estuvo un año cuidando de su hijo mayor y, cuando empezó a buscar otro empleo, se quedó embarazada de la segunda: “Era imposible presentarme en un puesto y decir: ‘Hola, estoy embarazada”. Guisado aún recuerda cuando, tras tomar un año de baja, le preguntó una conocida: “¿Cómo pretendes que alguien te tome en serio ahora después de un año?”. Aún se revuelve.

La socióloga del CSIC María Ángeles Durán, una de las grandes estudiosas de los cuidados en España, avisa también de que “sin una opinión pública a favor no se van a mover las leyes”. Y añade que lo que sirve en un país puede no hacerlo en otro: “Depende del conjunto. Tomemos dos países superdesarrollados, como Suecia y Alemania, donde el ideal de vida es totalmente distinto. En Suecia no se ve mal una mujer decide no cuidar a sus hijos o a sus padres. En Alemania se ve bien con los mayores, pero se considera que una mujer que deja a su criatura es una mala madre”.

“La brecha del cuidado es el principio del resto de brechas”, considera Ana Sofía Fernández, vicepresidenta del Lobby Europeo de Mujeres. Fernández advierte de que mover esas brechas lo poco que ahora se mueven depende “del esfuerzo inhumano de mujeres que no respiran, que a lo mejor consiguen no abandonar su trabajo a costa de hacerlo en sábados y con mucho esfuerzo”. Lo que se llama la tercera jornada. Ellas dedican 13 horas semanales más de media que los hombres a cuidados y tareas domésticas no remuneradas, como la limpieza o la cocina. Todo un mes al año, el equivalente a unas vacaciones enteras cuidando de otros.

 

“Es un esfuerzo invisible en lo económico”

El dinero y el esfuerzo que se emplea en cuidar “es invisible porque no está traducido a términos económicos”, denuncia Ana Fernández desde el Lobby Europeo de Mujeres. “Sería necesario que Eurostat lo recopilara en relación con el tiempo pagado y no pagado de mujeres y hombres, para ver la situación concreta en cada país a lo largo del tiempo y la comparación entre países”, añade. La socióloga María Ángeles Durán hizo el cálculo en España. Su estimación es que esa ocupación que descansa normalmente sobre las espaldas de esposas o madres que atienden a enfermos o menores equivaldría a 28 millones de empleos.

Durán ve difícil trasladarlo a términos europeos por la falta de datos y la diferencia de precios en los cuidados remunerados. Pero cree que hay que hacerlo y también centrar el esfuerzo en los mayores, con una población en Europa cuya esperanza de vida aumenta tres meses cada año.

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