“Quiero poner un pestillo en mi cuarto. Mi niño está muy raro” | Sociedad



Minaene F., de 36 años, no quería hablar de los problemas que tenía con su hijo de 17, pero a veces no podía más y contaba. Algunos amigos vieron sus golpes, otros presenciaron broncas, y a uno le llegó a revelar que no se sentía segura en casa con el chico. Quería poner un pestillo en su cuarto para dormir tranquila. El menor, extremadamente tímido de puertas afuera, se había vuelto violento, pero solo con ella. El pasado lunes, el cadáver acuchillado de la madre fue hallado metido en una maleta en el municipio lucense de Foz.

El último mensaje de voz que envió Minaene a su amiga Kelly, a las 7.34 de la mañana del sábado 2, hablaba de la careta que había usado durante la fiesta de Halloween, con sus amigos, por las calles de Foz. La había comprado cuando llegó como emigrante a Italia desde Brasil, y ahora que trataba de salir adelante en España la guardaba como un entrañable recuerdo de una vida de lucha por su niño. “Esa noche estaba guapísima y superfeliz”, repite Kelly Cintia Gonçalves mientras reproduce en su móvil la grabación de WhatsApp de la mujer ahora fallecida. Ella fue quien llamó al servicio de emergencias, a última hora del domingo pasado, desde el rellano del piso de alquiler que habitaban Mina y su único hijo.

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‘Selfie’ realizado por Kelly Gonçalves, con su hija y Minaene F. al fondo, el miércoles anterior a su muerte violenta.

Ante la puerta, en la cuarta planta de un edificio verde claro, en la rúa de Costa do Castro, había “dos gotas de sangre”. Nadie contestaba, y Kelly intuyó que algo horrible había ocurrido allí dentro. El lunes, con la orden judicial en la mano, la Guardia Civil entró y se encontró el cadáver de Mina cosido a cuchilladas. Estaba oculto en una maleta con estampado de camuflaje, guardada en un armario. Media hora después, el menor, que había bajado a desayunar al puerto, fue arrestado como presunto autor del matricidio.

Minaene (nacida en Gurupi, estado de Tocantins, en 1983) probablemente murió el sábado por la tarde y trató de defenderse a pesar de ser mucho más menuda que el supuesto homicida. Poco después, un hombre vio a su hijo en un parque y al descubrir su mano ensangrentada le preguntó qué le había pasado. “Hice algo”, respondió el muchacho, que esa noche acudió a urgencias para curar aquellos cortes profundos. Hacía meses que Minaene, “extrovertida pero muy reservada para las cosas de su vida”, le había confesado a un amigo que se planteaba colocar un pasador por dentro a la puerta de su habitación: “Quiero ponerle una tranca a mi cuarto. El niño está muy raro”, dijo.

Rosi, vecina del edificio contiguo y también brasileña, recuerda otra señal de alarma reciente, de todas esas que ahora hilvanan los conocidos, antes incapaces de adivinar el desenlace atroz. “Me la encontré en la cafetería con los ojitos húmedos”, narra. “Yo la llamaba Bonequinha, por su pelo tan rizado y esa sonrisa tan linda que llevaba siempre en la cara. Le dije, ‘Bonequinha, ¿qué te pasa?’, y entonces se echó a llorar. Me contó que el niño la había empujado en la cocina, y me enseñó un hematoma enorme que tenía a lo ancho de la espalda por el golpe con la encimera”.

La palabra que más repiten las amigas de Minaene es “respeto”. A ellas, afirman, el muchacho les tenía “respeto”; pero a su propia madre, no. El chico era retraído, “callado”, “pacato”. “Para que dijese dos palabras había que preguntarle” y “nunca miraba a los ojos”. “No tenía amigos; siempre estaba solo”. La relación doméstica se había vuelto “tóxica”, define Kelly Gonçalves. Los dos solos en un piso de Foz (10.002 habitantes), con el resto de la familia en Brasil.

“Mina contaba que su ex, que ya murió, la había abandonado”, relata Maria Aparecida Rodrigues, Mari, la dueña de la taberna A Charanga do Cuco, donde trabajaba la fallecida. “Ella lo era todo para el chico, el padre y la madre, y él debía de sentirse carente de cariño, porque ella tenía que trabajar y ganarse la vida. Se desvivía por su hijo, y se vino a Europa por él. Al principio dejó al crío allá, al cuidado de una de sus hermanas, pero se lo trajo cuando pudo. Me pidió que le hiciera un contrato para conseguir el permiso de residencia, y se lo hice”, explica esta hostelera.

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Edificio de Foz en el que vivían Minaene F. y su hijo.

Fue entonces, hace dos años, cuando Mina se trasladó a Foz desde otro municipio cercano. El chiquillo cursaba un ciclo de Auxiliar de Clínica en Burela y ella había empezado Dirección de Cocina en el instituto focense. “Era buena cocinera, pero aquí trabajaba atendiendo la barra”, cuenta Mari. El chico ayudaba de camarero cuando hacían falta refuerzos.

“Fue creándose un odio”

Aunque el hijo era “obediente” y “correcto” con todo el mundo, Mari presenció fuertes discusiones del supuesto homicida con su madre. “Cualquiera que tenga un hijo adolescente sabe lo difícil que es, pero nadie se imaginó lo mal que estaban ellos”, lamenta la amiga. “Ella quería buscar ayuda de las instituciones, y no sabía bien cómo encaminar la situación. Cuando se portaba mal, lo castigaba quitándole el móvil y los aparatos. Poco a poco me parece que fue creándose un odio en él”.
El Juzgado de Menores de Lugo notificó el martes a los medios las medidas cautelares para proteger al arrestado con el anonimato y acordó su internamiento en régimen cerrado en un centro tutelado. Antes de su detención, según un vecino, el joven tuvo la tele encendida toda la noche. Mientras, el cadáver masacrado de su madre permanecía en el armario.

Kelly y Mari organizan ahora una colecta entre amigos de España y Brasil para pagar la repatriación del cuerpo de su amiga. “Ella soñaba con darle un buen futuro a su hijo. Ahorraba. Había comprado un terreno en Brasil para hacerse una casita y estar cerca de sus padres y sus hermanas. Es justo que Mina vuelva con su familia”.

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