Aprender habilidades concretas es útil pero no podrá sustituir a la universidad | Innovación



Actualmente, una de las recomendaciones más populares para encontrar trabajo rápido en el entorno de la tecnología es “adaptarse a las necesidades de las empresas”, lo que en muchas ocasiones implica formarse directamente en las habilidades que el tejido empresarial solicita. Esto va de la mano de la idea de que al aspirar a un empleo, lo que sabes hacer vale más que la formación que hayas tenido. O que las carreras universitarias “son poco útiles porque dan mucha teoría y poca práctica”. Sin embargo, la universidad sigue cumpliendo un papel imprescindible en la sociedad y en la formación de los futuros trabajadores. Con este contexto, nos planteamos qué función cumple cada tipo de educación y cuál es la mejor opción para aumentar la empleabilidad de los ciudadanos.

En los últimos años se han popularizado plataformas que tienen como objetivo formar en habilidades tecnológicas concretas, como aprender lenguajes de programación. Un ejemplo de ello es el auge de los MOOCS, cursos online especializados y abiertos a un gran público; y los bootcamps, plataformas que ofrecen una formación “muy intensiva y que enseña a sus alumnos, en muy poco tiempo, una profesión tecnológica concreta y con gran demanda laboral”. Esta formación presume de tener un gran porcentaje de colocación: la mayoría de sus alumnos encuentra trabajo al poco de terminar los estudios.

Su mayor ventaja es también su mayor hándicap: esta modalidad tan concreta consiste en una formación que satisface las necesidades actuales de las empresas. Pero esas necesidades son cambiantes y muy probablemente dentro de cinco años no sean las mismas que ahora. “Unas empresas requieren personas competentes en el desempeño de tareas que pueden llevarse a cabo perfectamente solo con formación concreta y práctica”, explica José María Peiró, catedrático de la Universidad de Valencia e investigador del IVIE. “Para ello, la formación específica resulta eficiente, pero hay que tener algo en cuenta: las frecuentes transformaciones de las tareas y los trabajos, en parte por la digitalización, hacen necesaria la formación continua. Quienes se forman en competencias para atender esas demandas concretas han de plantearse que deben seguir formándose continuamente. Si no, sus competencias específicas pueden quedar obsoletas”, explica Peiró.

Otros expertos están de acuerdo con Peiró y defienden la necesidad de seguir incorporando nuevas habilidades específicas, si se opta por esta vía. Es el caso de Ainara Zubillaga, directora de Educación e Innovación en COTEC, que defiende que “una de las habilidades concretas que hay que adquirir es aprender a aprender”, Zubillaga asegura que una de las conclusiones que se puede extraer de la transformación es que “no podemos especializarnos en una cosa: se requiere flexibilidad y versatilidad, y eso es contrario a la especialización, que carece de sentido excepto si te especializas en varias competencias a lo largo de tu vida”.

¿Qué lugar ocupa entonces la universidad?

“Limitar la educación a la adquisición de una serie de habilidades afecta a la empleabilidad”, recalca Zubillaga. “La formación universitaria ofrece un marco de pensamiento, capacidad crítica y una arquitectura mental que te posibilita reinventarte varias veces a lo largo de la vida”, asegura. Las personas con educación superior pueden aportar algunos extras a la empresa. “La formación universitaria está dirigida a atender demandas de la compañía que pueden no estar tan pautadas y estructuradas y que presentan niveles de complejidad que requieren juicio profesional y capacidad de tomar iniciativas que quizá la empresa no está demandando”, explica Peiró.

La preparación de las personas que pueden realizar este tipo de aportaciones a las compañías está relacionada con la formación de nivel superior. Según el catedrático, en la formación universitaria el proceso principal debe ser el aprendizaje de conocimientos, habilidades y actitudes que prepare a la persona para resolver problemas, tomar decisiones y aportar valor. También hay profesiones para las que la educación universitaria no es una opción: son aquellas para las que el título es imprescindible para ejercer, como medicina o arquitectura. “La universidad sigue aportando la competencia de la certificación”, recuerda Zubillaga. “Pero hace tiempo que dejó de tener el monopolio del conocimiento. Ahora el conocimiento es distribuido, compartido y colectivo”.

Teniendo en cuenta la complejidad del entorno laboral actual, parece poco práctico entender estas dos modalidades de formación como un enfrentamiento. “La universidad tiene que entender que no vale solo con formar en conocimiento y contenidos, pero tampoco puede convertirse en un hackatón continuo”, explica Zubillaga. Según su opinión, debe ofrecer un conocimiento actualizado. “No tienen que impartirse todas las tendencias pero tienen que ser más permeables”. Ahora mismo, la universidad no tiene estructuras que le permitan adaptarse tan rápido como para estar al día constantemente, por eso “es buena idea combinar ambas modalidades de forma que el desarrollo de cada persona sea adecuado para dar respuesta a distintos tipos de demandas de la empresa en varios momentos”, concluye Peiró. 

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