La emergencia climática no llega a la escuela | Sociedad



El escenario que describe Estebaranz no es un caso aislado. Aunque no existen datos oficiales sobre la dimensión y la calidad de la educación ambiental en los centros públicos españoles, sí hay un informe de la Red Española para el Desarrollo Sostenible (dependiente del Ministerio para la Transición Ecológica) que denuncia que lejos de programas estructurados, en los colegios “priman las acciones puntuales” como celebraciones de efemérides ambientales o actividades concretas en las que solo participan grupos reducidos de alumnos. El informe Hacia una educación para la sostenibilidad (publicado en 2019) alerta, además, de la falta de programas de formación del profesorado y critica que en muchos casos las iniciativas las lideran “docentes concienciados”, y que cuando estos abandonan el centro los programas decaen. 

“El modelo que se ha impulsado desde cada una de las autonomías en muy diferente, en su mayoría, son pequeñas acciones para reverdecer los programas académicos”, apunta Carmelo Marcén, coautor del estudio. El también investigador de la Universidad de Zaragoza cree que el principal problema es que no existe un organismo estatal que supervise los programas ambientales escolares y que aunque muchos centros han mejorado la gestión ambiental de sus instalaciones, no es suficiente. “Es imprescindible que se modernicen los currículos, y eso no depende de los colegios, sino del Ministerio y de las autonomías”, recalca. 

La semana pasada, la educación ambiental se puso en el punto de mira después de que el ministro de Educación de Italia, Lorenzo Fioramonti, anunciara que el cambio climático será materia de examen para los escolares de ese país el próximo curso, y que todas las escuelas dedicarán 33 horas al año, en torno a una hora a la semana, a abordar la cuestión. Italia se convertirá en el primer país del mundo en incluir el estudio de la crisis climática en la educación obligatoria. Otra de las novedades es que esos contenidos se verán en asignaturas como Geografía, Matemáticas o Física, que pasarán a  estudiarse “desde una nueva perspectiva vinculada al desarrollo sostenible”, para analizar, por ejemplo, los efectos de la acción del hombre en las diferentes zonas del planeta.

La aprobación de la actual ley educativa, la Lomce –impulsada por el PP en solitario en 2013– supuso una reducción de los contenidos ambientales en el currículum respecto a la Loe, aprobada por el PSOE en 2006. El principal cambio se dio en una de las competencias básicas, Conocimiento e Interacción con el Mundo Físico (que incluía contenidos sobre medio ambiente), que fue sustituida por Competencia Matemática, Ciencia y Tecnología. “El ministro Wert (PP) dio más importancia a lo tecnológico y ahora depende de la voluntad de los docentes trabajar proyectos medioambientales”, señala Federico García, responsable del área social de la Sociedad Española de Ornitología SEO Birdlife, la ONG que en 2017 presentó una moción en el Congreso de los Diputados para promover la “naturalización del currículo”, que significa más educación ambiental en los colegios y una asignatura específica en Secundaria. La petición fue escuchada pero no supuso ningún cambio en el currículo.

La Lomce, además, eliminó la asignatura Ciencias para el Mundo Contemporáneo en Bachillerato, una materia que hasta ese momento era obligatoria para los alumnos de Ciencias y que incluía contenidos medioambientales. En su lugar, se implantó la optativa Ciencias de la Tierra y del Medio Ambiente, y el peso curricular pasó de cuatro horas semanales a dos. La Lomce supuso también la división de la asignatura de Conocimiento del Medio en Ciencias Sociales y Ciencias naturales. “Los legisladores no entendieron que sociedad y naturaleza van de la mano, no se pueden desligar”, critica Carmelo Marcén.

Los expertos, lejos de valorar si los contenidos ambientales deben darse en una u otra asignatura, recalcan que para que tenga un impacto en la vida de los jóvenes, es imprescindible que se enseñe de forma transversal, que impregne todo el programa académico. En su informe Educación para los objetivos del desarrollo sostenible, la Unesco considera que son necesarias “experiencias directas” que afecten en lo emocional a los alumno. “Las competencias no se pueden enseñar, sino que los alumnos las adquieren con acción, experiencia y reflexión”, señala el documento. Los estudiantes tienen que ser capaces de crear en grupo “acciones innovadoras” que fomenten la sostenibilidad a escala local. “Deben adoptar una postura propia en el discurso del clima”, añade.

“En el modelo tradicional de escuela, impera la lógica de transmitir información, pero los restos actuales requieren planteamientos más profundos relacionados con el comportamiento; el vínculo emocional es el que te transforma”, apunta Eduard Vallory, director del Centro para la UNESCO de Cataluña. “Sucede lo mismo con el bullying o la violencia de género; los power points no sirven para nada, hace falta acción y para eso hay que cambiar el paradigma de cómo enseñamos y aprendemos”, añade. En su opinión, el medio ambiente tiene que estudiarse como un todo, porque “no se puede desvincular qué son las bacterias de cómo los humanos han creado el plástico, uno de los elementos que nos está matando”.

“No podemos decir que no se traten contenidos ambientales en Secundaria: en primero de ESO está la asignatura obligatoria Geología y Biología, donde se ve el efecto invernadero o la contaminación de las aguas; en Biología de tercero de la ESO hay un tema sobre ecosistemas y acciones que favorecen la conservación del medio ambiente; a partir de ahí, ya depende de la rama y las optativas que escoge el alumno”, explica José Luís Gutiérrez, profesor y jefe del departamento de Biología del instituto público Sierra de Guadarrama en la localidad madrileña de Soto del Real. A su juicio, el problema es que en el actual sistema educativo la educación ambiental se da de forma aislada, desde departamentos estanco. “Se debe abordar desde diferentes asignaturas, sino el alumno percibe que es un tema que solo preocupa a los biólogos, pero ¿qué pasa con los costes económicos de una crisis ambiental? Eso se puede tratar desde Matemáticas o Historia”, opina.

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Un solo profesor concienciado no puede hacer magia

En los años noventa, las autonomías empezaron a impulsar las llamadas ecoescuelas, redes de centros públicos con programas que incluían experiencias reales, como diagnosticar la situación de las ciudades y proponer proyectos de mejora relacionados con la gestión de residuos, la movilidad, o la alimentación saludable. En ninguna de ellas se modificó el currículum.  No todas funcionan de la misma forma.

“Los centros tienen autonomía pedagógica y deciden si quieren adherirse. La red madrileña no implica cambios en el currículum, sino acciones concretas y formación del profesorado”, apuntan desde la Consejería de Educación.

Otras escuelas, forman parte de redes ambientales privadas, impulsadas por fundaciones. ADEAC es una de esas redes, con programas escolares ambientales en más de 60 países, y 566 centros públicos españoles adheridos (324 colegios, 116 institutos y 19 escuelas infantiles). “Incidimos en que no se creen clubs privados de unos pocos alumnos, sino que los proyectos impregnen toda la escuela. Igualmente, un solo profesor concienciado no puede hacer magia, la dirección del centro se tiene que volcar”, asegura Carmen Fernández-Enriquez, técnico de ADEAC.

La plena revolución verde todavía no ha llegado a los colegios españoles. En la etapa de infantil (de tres a seis años) sí existen centros privados con unas prácticas drásticas homologados por la Administración. Bosquescuela, por ejemplo, es el único centro homologado de la Comunidad de Madrid en el que están exentos de aulas convencionales; los alumnos aprenden en una cabaña de madera bioclimática. Pasan el 90% del tiempo en el bosque, parte de la Dehesa de Cerceda, un espacio público. “Acciones puntuales no hacen vivir la ecología en primera persona, hay que palpar la naturaleza para respetarla, ver que todo está relacionado es lo que genera conciencia ambiental”, apunta Esther Fernández, maestra y responsable del programa académico de Bosquescuela. “El respeto por el Planeta no se puede explicar con fichas. Los chavales aprenden desde la emoción”, zanja.

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